martes, 29 de marzo de 2016

7. Al acercarse el final

LA DESPEDIDA
de Macario Torres
(1876)

¿Dicen que no se siente
la despedida?
Dile a quien te lo dijo
que se despida.
Al decir sus adioses
a quien se adora,
sabrá lo que se sufre,
lo que se llora.
Que la ausencia nos llena
de duelo tanto,
que no alcanza a curarla
ni un mar de llanto.
La dicha más cumplida
de la existencia,
no iguala, no, las penas
que da la ausencia.
¡Ay de los corazones
que se separan!
No haber latido nunca
mejor desearan.
Cuánta duda y tormento
crueles aquejan,
a los seres que se aman
cuando se alejan.
Y es que en pos de la ausencia
la injusta suerte,
luego trae el olvido
luego la muerte…
En esa desventura
tan cruel, tan triste,
se palpa l miseria
de cuanto existe.
¿A quién volver los ojos
que el llanto ofusca,
si el alma sólo a otra alma
doquiera busca?
¿Qué hacer si nos mantiene
destino adverso
solos, solos en medio
del Universo…?



SABOR A MÍ
de Álvaro Carrillo

Tanto tiempo disfrutamos este amor,
nuestras almas se acercaron tanto así,
que yo guardo tu sabor
como tú llevas también sabor a mí.
Si negaras mi presencia en tu vivir
bastaría con abrazarte y conversar.
Tanta vida yo te di,
que por fuerza tienes ya sabor a mí.
No pretendo ser tu dueño,
no soy nada, yo no tengo vanidad.
De mi vida, soy lo bueno;
¡yo tan pobre, qué otra cosa puedo dar!
Pasarán más de mil años, mucho más,
yo no sé si tenga amor la eternidad,
pero allá, tal como aquí,
en la boca llevarás sabor a mí.



SONETO DEL TIEMPO
de Renato Leduc

Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán; dar tiempo al tiempo…
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo
– ignoraba yo aún que el tiempo es oro –
cuánto tiempo perdí – ¡ay! – cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor  de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo…



AUSENCIA
de Manuel María Flores

¡Quién me diera tomar tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y besarlas… besarlas, escuchando
de tu amor las dulcísimas querellas!

¡Quién me diera sentir sobre mi pecho
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como enantes, tus suspiros,
tus suspiros de amor y de tristeza!

¡Quién me diera posar casto y suave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintiera sollozar mi alma
en cada beso que dejara en ellos!

¡Quién me diera robar un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener al separarnos luego
con que alumbrar la soledad del alma!

¡Oh, quién me diera ser tu misma sombra,
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por besar tus ojos celestiales,
la lagrima que tiembla en tu pestaña!

¡Y ser un corazón todo alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma de paloma
el sueño virginal de tus amores!

Pero en su triste soledad el alma
es sombra y nada más, sombra y enojos…
¿Cuándo esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos?



ME HABLA LA ETERNIDAD
de Alfredo R. Placencia


Debo juntar mis cosas para hacer el gran viaje.
Los que sois mis amigos, no lo estorbéis; dejad
que pacíficamente baya atando el bagaje
y congregue mis cosas para la eternidad.

En las cimas, quedaos los que andáis en las cimas.
Yo no puedo seguiros ni es prudencia esperar.
Traigo a la espalda un sueño, púseme a atar las rimas
y cogí la pendiente, y me eché a caminar.

Un lucero su asoma. Me convida el paraje
a la quietud. Dejad
que disponga mi viaje.
Me habla la eternidad.

Si cada quien sus pasos ha de juntar de veras,
Pienso yo que los míos ha mucho los junté.
Va mi valle acercándose, piso ya sus goteras
y mi viejo Temaca es aquel que se ve.

Supe de muchas tierras y probé muchos climas.
Hubo almas que me odiaron y almas hubo que no.
Ya desciendo al bajío, pero anduve en las cimas.
Y conocí la miel y mi vida la dio.

Entiendo que he rendido la jornada. No escucho
ni un grito a mis espaldas que ordene descansar.
Hace ya mucho tiempo soy un paria; hace mucho
que ni me acuerdo, casi, de cómo era el hogar.

Pagué ya al hospedero lo que del hospedaje
le adeudaba. Callad.
No me estorbéis el viaje.
Até en haces mis sueños, tengo listo el bagaje
y he juntado mis pasos para la eternidad.

Me ha aborrecido el mundo tanto, que tiene miedo
hasta de que le mime y que le haga el bien.
Mas no ha ido muy lejos por la paga. No puedo
tampoco yo mimarlo. Lo maldigo también.

¿Qué me detiene aquí? ¿qué es lo que yo espero?
Llamé ya al hostelero,
liquidé mi hospedaje,
hice un hato de versos y alisté mi bagake.
No penséis en volverme, mis amigos. Dejad, ´
que sin volver los ojos hacia ningún paisaje
de la efímera vida, entre la inmensidad.



AUSENCIA
de Efrén Rebolledo

Mi corazón enfermo de tu ausencia
expira de dolor porque te has ido.
¿En dónde está tu rostro bendecido?
¿Qué sitios ilumina tu presencia?

Ya mis males no alivia tu clemencia,
ya no dices ternuras a mi oído,
y expira de dolor porque te has ido
mi corazón enfermo de tu ausencia.

Es inútil que finja indiferencia,
en balde busco el ala del olvido
para calmar un poco mi dolencia,
mi corazón enfermo de tu ausencia
expira de dolor porque te has ido.





HOY COMO NUNCA
de Ramón López Velarde

Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces;
si queda en mí una lagrima, yo la excito a que lave
nuestras dos lobregueces.

Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;
pero ya tu garganta sólo es una sufrida
blancura, que se asfixia bajo toses y toses,
y toda tú una epístola de rasgos moribundos
colmada de dramáticos adioses.

Hoy, como nunca, es venerable tu esencia
y quebradizo el vaso de tu cuerpo,
y sólo puedes darme la exquisita dolencia
de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca
el minuto de hielo en que los pies que amamos
han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:
huyes por el río sordo, y en mi alma destilas
el clima de esas tardes de ventisca y de polvo
en las que doblan solas las esquillas.

Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño
de ánimas de iglesia siempre menesterosa;
en un paño de ánimas goteado de cera,
hollado y roto por la grey astrosa.

No soy más que una nave de parroquia en penuria,
nave en que se celebran eternos funerales,
porque una lluvia terca no permite
sacar el ataúd a las calles rurales.

Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor
cavernoso y creciente de un salmista;
mi conciencia, mojada por el hisopo, es un
ciprés que en una huerta conventual se contrista.

Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo
del sol sobre mi arca, porque de quedar roto
mi corazón la noche cuadragésima;
nos guardan mis pupilas ni un matiz remoto
de la lumbre solar que tostó mis espigas;
mi vida sólo es una prolongación de exequias
bajo las cataratas enemigas.



CONTINUIDAD
de Jaime Torres Bodet


I

No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
– donde una parte de tu ser reposa –
sepultaron  los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.

Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.

Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;

pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.

II

Me toco… Y ere tú. Palpo en mi frente
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.

Me toco… Y eres tú, tú quien me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente:
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevive; yo, el ausente.

Me toco… Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.

Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.

III

Todo, así, te prolonga y te señala:
el pensamiento, el llanto, la delicia
y hasta esa mano fiel con que resbala,
ingrávida, sin dedos, tu caricia.

Oculta en mi dolor eres un ala
que para un cielo póstumo se inicia;
norte de estrella, aspiración de escala
y tribunal supremo que me enjuicia.

Como lo eliges, quiero lo que ordenas:
actos, silencios, sitios y personas.
Tu voluntad escoge entre mis penas.

Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas,
eres tú quien, si caigo, me perdonas,
si me traiciono tú quien te condenas…

Y tú quien, si te olvido, me abandonas.

IV

Aunque si nada en mi interior te alterar,
todo – fuera de mí – te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.

Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.

Pero en la soledad que nos circunda
ella te ensalza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan sólo te recuerdo.

Y, al comparar su terquedad fecunda
como la impaciencia en que mi amor te llama,
siento por vez primera que te pierdo.

V

Porque no es la muerte orilla clara,
margen visible de invisible río;
lo que en estos momentos nos separa
es otro litoral, aún más sombrío.

Litoral de la vida, Tierra avara
en cuyo negro polvo, ávido y frío,
del naufragio que en ti me desampara
inútilmente busco un resto mío.

Es tu presencia en mí la que me impide
recuperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando latía.

Por eso la existencia nos divide
tanto más cuanto más en mi alma sube
la vida en que tu muerte se confía.

VI

Sí, cuanto más te imito, más advierto
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.

Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco habitada
a esa luz ulterior a la que he abierto
otra ventana en mí, sobre otra nada…

Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.

Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.

VII

Y sin embargo, entre la noche inmensa
con que me ciñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.

No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo – tal vez – como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.

Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
Viva, cuando te hablé, ni la que el fino
Metal del eco ajustará en su engaste,

sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñaste.

VIII

Voz interior, palabra presentida
que, con promesas tácitas, resume
– como en la gota última, el perfume –
en su paciente formación, la vida.

Voz en ajenos labios no aprendida
– ¡ni siquiera en los tuyos! –; voz que asume
la realidad del alba estremecida
que alcanzaré cuando de ti me exhume.

Voz de perdón, en la que al fin despunta
esa bondad que me entregaste entera
y que yo, a trechos, voy reconquistando;

voz que afirma tan bien lo que pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni cuándo…

IX

¿Ni cuándo?... Sí, lo sé. Cuando recoja
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.

Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;

cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,

entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
– en una muerte pura – la existencia.




AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
de Francisco de Quevedo

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de la otra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.



EL ALMA EN LOS LABIOS
de Medardo Ángel Silva

Cuando de nuestro amor la llama apasionada
dentro de tu pecho amante contemples extinguida,
ya que sólo por ti la vida me es amada,
el día en que me faltes me arrancaré la vida.

Porque mi pensamiento, lleno de este cariño
que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo,
lejos de tus pupilas es triste como un niño
que se duerme soñando con su acento de arrullo.

Para envolverte en besos quisiera ser el viento
y quisiera ser todo lo que tu mano toca;
ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento,
para poder estar más cerca de tu boca.

Vivo de tu palabra y eternamente espero
llamarte mía, como quien espera un tesoro.
Lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero
y, besando tus cartas, ingenuamente lloro.

Perdona que no tenga palabras con que pueda
decirte la inefable pasión que me devora:
¡para expresar mi amor solamente me queda
rasgarme el pecho, Amada, y en tu mano de seda
dejar mi palpitante corazón que te adora!



MIRADA RETROSPECTIVA
de Guillermo Blest Gana

Al llegar a la página postrera
de la tragicomedia de mi vida,
vuelvo la vista al punto de partida
con el dolor de quien ya nada espera.

¡Cuánta noble ambición que fue quimera!
¡Cuánta bella ilusión desvanecida!
¡Sembrada está la senda recorrida
con las flores de aquella primavera!

Pero en esta hora lúgubre, sombría,
se severa verdad y desencanto,
de supremo dolor y de agonía,

es mi mayor pesar, en mi quebranto,
no haber amado más, yo que creía,
¡yo que pensaba haber amado tanto!




SELECCIÓN DE PEQUEÑOS POEMAS
de Rosalía de Castro
(Fragmento)

Son los corazones de algunas criaturas
como los caminos muy transitados,
donde las pisadas de los que ahora llegan,
borran las pisadas de los que pasaron:
no será posible que dejéis en ellos,
de vuestro cariño, recuerdo ni rastro.



SONETO
de Francisco de Figueroa


Déjame en paz, amor; ya te di el fruto
de mis más verdes y floridos años,
y mis ojos, proclives a tus daños,
pagaron bien tu desigual tributo.

No quiero ahora yo con rostro enjuto
sano y libre cantar mis desengaños,
ni por alegres y agradables paños
cambiar tu triste y lastimero luto:

en llanto y en dolor preso y cargado
de tus viejas cadenas, la jornada
quiero acabar de mi cansada vida.

Mas no me des, amor, nuevo cuidado,
ni pienses que podrá una nueva herida
romper la fe que nunca fue doblada.



SONETILLO
EL POETA RECUERDA
de Francisco Villaespesa


Sus frases nunca me hirieron
y siempre me consolaron…
¡Heridas que otras me abrieron,
sus propias manos cerraron!

Aun cuando penaba tanto,
tan buena conmigo era,
que hasta me ocultaba el llanto
para que yo no sufriera.

Con su infinita ternura,
mi más intensa amargura
supo siempre consolar…

¡Y qué buena no sería,
que al morirse sonreía
para no verme llorar!




RESUELTA EN POLVO YA, Y SIEMPRE HERMOSA…
de Lope de Vega

Resuelta en polvo ya, y siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra cuando en paz reposa.
Permítame callar sólo un momento,
pues ya no tienen lagrimas mis ojos,
ni conceptos de amor mi pensamiento.




RESUCITARÁN
12
de Manuel Gutiérrez Nájera



Los pájaros que en sus nidos
mueren, ¿a dónde van?
¿Y n qué lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?

(…)

En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro…
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!

(…)

¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.





¿CONOCE ALGUIEN EL AMOR?
de Francisco Villaespesa


¿Conoce alguien el amor?
¡El amor es un sueño sin fin!
Es como un lánguido sopor
entre las flores de un jardín…
¿Conoce alguien el amor?

Es un anhelo misterioso
que al labio hace suspirar,
torna al cobarde en valeroso
y al más valiente hace temblar;

es un perfume embriagador
que deja pálida la faz;
es la palmera de la paz
en los desiertos del dolor…
¿Conoce alguien el amor?

Es una senda florecida,
es un licor que hace olvidar
todas las glorias de la vida,
menos la gloria del amar…

Es paz en medio de la guerra.
Fundirse en uno siendo dos…
¡La única dicha que en la tierra
a los creyentes les da Dios!

Quedarse inmóvil y cerrar
los ojos para mejor ver;
y bajo un beso adormecer…
y bajo un beso despertar…

Es un fulgor que hace cegar.
¡Es como un huerto todo en flor
que nos convida a reposar!
¿Conoce alguien el amor?
¡Todos conocen el amor!

El amor es como un jardín
envenenado de dolor…,
donde el dolor no tiene fin.
¡Todos conocen el amor!

Es como un áspid venenoso
que siempre sabe emponzoñar
al noble pecho generoso
donde le quieran alentar.

Al más leal traidor,
es la ceguera del abismo
y la ilusión del espejismo…
en los desiertos del dolor.
¡Todos conocen el amor!

¡Es laberinto sin salida
es una ola de pesar
que nos arroja de la vida
como los náufragos del mar!

Provocación de toda guerra…
sufrir en uno las de dos...
¡La mayor pena que en la tierra
a los creyentes les da Dios!

Es un perpetuo agonizar,
un alarido, un estertor,
que hace al más santo blasfemar…
¡Todos conocen el amor!



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