LA DESPEDIDA
de Macario Torres
(1876)
¿Dicen que no se siente
la despedida?
Dile a quien te lo dijo
que se despida.
Al decir sus adioses
a quien se adora,
sabrá lo que se sufre,
lo que se llora.
Que la ausencia nos llena
de duelo tanto,
que no alcanza a curarla
ni un mar de llanto.
La dicha más cumplida
de la existencia,
no iguala, no, las penas
que da la ausencia.
¡Ay de los corazones
que se separan!
No haber latido nunca
mejor desearan.
Cuánta duda y tormento
crueles aquejan,
a los seres que se aman
cuando se alejan.
Y es que en pos de la ausencia
la injusta suerte,
luego trae el olvido
luego la muerte…
En esa desventura
tan cruel, tan triste,
se palpa l miseria
de cuanto existe.
¿A quién volver los ojos
que el llanto ofusca,
si el alma sólo a otra alma
doquiera busca?
¿Qué hacer si nos mantiene
destino adverso
solos, solos en medio
del Universo…?
SABOR A MÍ
de Álvaro Carrillo
Tanto tiempo disfrutamos este
amor,
nuestras almas se acercaron
tanto así,
que yo guardo tu sabor
como tú llevas también sabor a
mí.
Si negaras mi presencia en tu
vivir
bastaría con abrazarte y
conversar.
Tanta vida yo te di,
que por fuerza tienes ya sabor
a mí.
No pretendo ser tu dueño,
no soy nada, yo no tengo
vanidad.
De mi vida, soy lo bueno;
¡yo tan pobre, qué otra cosa
puedo dar!
Pasarán más de mil años, mucho
más,
yo no sé si tenga amor la
eternidad,
pero allá, tal como aquí,
en la boca llevarás sabor a mí.
SONETO DEL TIEMPO
de Renato Leduc
Sabia virtud de conocer el
tiempo;
a tiempo amar y desatarse a
tiempo;
como dice el refrán; dar tiempo
al tiempo…
que de amor y dolor alivia el
tiempo.
Aquel amor a quien amé a
destiempo
martirizóme tanto y tanto
tiempo
que no sentí jamás correr el
tiempo
tan acremente como en ese
tiempo.
Amar queriendo como en otro
tiempo
– ignoraba yo aún que el tiempo
es oro –
cuánto tiempo perdí – ¡ay! –
cuánto tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo
tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el
tiempo…
AUSENCIA
de Manuel María Flores
¡Quién me diera tomar tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y besarlas… besarlas, escuchando
de tu amor las dulcísimas querellas!
¡Quién me diera sentir sobre mi pecho
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como enantes, tus suspiros,
tus suspiros de amor y de tristeza!
¡Quién me diera posar casto y suave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintiera sollozar mi alma
en cada beso que dejara en ellos!
¡Quién me diera robar un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener al separarnos luego
con que alumbrar la soledad del alma!
¡Oh, quién me diera ser tu misma sombra,
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por besar tus ojos celestiales,
la lagrima que tiembla en tu pestaña!
¡Y ser un corazón todo alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma de paloma
el sueño virginal de tus amores!
Pero en su triste soledad el alma
es sombra y nada más, sombra y enojos…
¿Cuándo esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos?
ME HABLA LA ETERNIDAD
de Alfredo R. Placencia
Debo juntar mis cosas para hacer el gran viaje.
Los que sois mis amigos, no lo estorbéis; dejad
que pacíficamente baya atando el bagaje
y congregue mis cosas para la eternidad.
En las cimas, quedaos los que andáis en las cimas.
Yo no puedo seguiros ni es prudencia esperar.
Traigo a la espalda un sueño, púseme a atar las rimas
y cogí la pendiente, y me eché a caminar.
Un lucero su asoma. Me convida el paraje
a la quietud. Dejad
que disponga mi viaje.
Me habla la eternidad.
Si cada quien sus pasos ha de juntar de veras,
Pienso yo que los míos ha mucho los junté.
Va mi valle acercándose, piso ya sus goteras
y mi viejo Temaca es aquel que se ve.
Supe de muchas tierras y probé muchos climas.
Hubo almas que me odiaron y almas hubo que no.
Ya desciendo al bajío, pero anduve en las cimas.
Y conocí la miel y mi vida la dio.
Entiendo que he rendido la jornada. No escucho
ni un grito a mis espaldas que ordene descansar.
Hace ya mucho tiempo soy un paria; hace mucho
que ni me acuerdo, casi, de cómo era el hogar.
Pagué ya al hospedero lo que del hospedaje
le adeudaba. Callad.
No me estorbéis el viaje.
Até en haces mis sueños, tengo listo el bagaje
y he juntado mis pasos para la eternidad.
Me ha aborrecido el mundo tanto, que tiene miedo
hasta de que le mime y que le haga el bien.
Mas no ha ido muy lejos por la paga. No puedo
tampoco yo mimarlo. Lo maldigo también.
¿Qué me detiene aquí? ¿qué es lo que yo espero?
Llamé ya al hostelero,
liquidé mi hospedaje,
hice un hato de versos y alisté mi bagake.
No penséis en volverme, mis amigos. Dejad, ´
que sin volver los ojos hacia ningún paisaje
de la efímera vida, entre la inmensidad.
AUSENCIA
de Efrén Rebolledo
Mi corazón enfermo de tu ausencia
expira de dolor porque te has ido.
¿En dónde está tu rostro bendecido?
¿Qué sitios ilumina tu presencia?
Ya mis males no alivia tu clemencia,
ya no dices ternuras a mi oído,
y expira de dolor porque te has ido
mi corazón enfermo de tu ausencia.
Es inútil que finja indiferencia,
en balde busco el ala del olvido
para calmar un poco mi dolencia,
mi corazón enfermo de tu ausencia
expira de dolor porque te has ido.
HOY COMO NUNCA
de Ramón López Velarde
Hoy, como nunca, me enamoras y
me entristeces;
si queda en mí una lagrima, yo
la excito a que lave
nuestras dos lobregueces.
Hoy, como nunca, urge que tu
paz me presida;
pero ya tu garganta sólo es una
sufrida
blancura, que se asfixia bajo
toses y toses,
y toda tú una epístola de
rasgos moribundos
colmada de dramáticos adioses.
Hoy, como nunca, es venerable
tu esencia
y quebradizo el vaso de tu
cuerpo,
y sólo puedes darme la
exquisita dolencia
de un reloj de agonías, cuyo
tic-tac nos marca
el minuto de hielo en que los
pies que amamos
han de pisar el hielo de la fúnebre
barca.
Yo estoy en la ribera y te miro
embarcarte:
huyes por el río sordo, y en mi
alma destilas
el clima de esas tardes de
ventisca y de polvo
en las que doblan solas las
esquillas.
Mi espíritu es un paño de
ánimas, un paño
de ánimas de iglesia siempre
menesterosa;
en un paño de ánimas goteado de
cera,
hollado y roto por la grey
astrosa.
No soy más que una nave de
parroquia en penuria,
nave en que se celebran eternos
funerales,
porque una lluvia terca no
permite
sacar el ataúd a las calles
rurales.
Fuera de mí, la lluvia; dentro
de mí, el clamor
cavernoso y creciente de un
salmista;
mi conciencia, mojada por el
hisopo, es un
ciprés que en una huerta
conventual se contrista.
Ya mi lluvia es diluvio, y no
miraré el rayo
del sol sobre mi arca, porque
de quedar roto
mi corazón la noche
cuadragésima;
nos guardan mis pupilas ni un
matiz remoto
de la lumbre solar que tostó
mis espigas;
mi vida sólo es una
prolongación de exequias
bajo las cataratas enemigas.
CONTINUIDAD
de Jaime Torres Bodet
I
No has muerto. Has vuelto a mí.
Lo que en la tierra
– donde una parte de tu ser
reposa –
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera
fosa.
Dentro de esta inquietud del
alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues
en guerra
contra la insaciedad que nos
acosa
y que, desde la cuna, nos
destierra.
Vives en lo que pienso, en lo
que digo,
y con vida tan honda que no hay
centro,
hora y lugar en que no estés
conmigo;
pues te clavó la muerte tan
adentro
del corazón filial con que te
abrigo
que, mientras más me busco, más
te encuentro.
II
Me toco… Y ere tú. Palpo en mi
frente
la forma de tu cráneo. Y, en mi
boca,
es tu palabra aún la que
consiente
y es tu voz, en mi voz, la que
te invoca.
Me toco… Y eres tú, tú quien me
toca.
Es tu memoria en mí la que te
siente:
ella quien, con mis lágrimas,
te evoca;
tú la que sobrevive; yo, el
ausente.
Me toco… Y eres tú. Es tu
esqueleto
que yergue todavía el tiempo
vano
de una presencia que parece
mía.
Y nada queda en mí sino el
secreto
de este inmóvil crepúsculo
inhumano
que al par augura y desintegra
el día.
III
Todo, así, te prolonga y te
señala:
el pensamiento, el llanto, la
delicia
y hasta esa mano fiel con que
resbala,
ingrávida, sin dedos, tu
caricia.
Oculta en mi dolor eres un ala
que para un cielo póstumo se
inicia;
norte de estrella, aspiración
de escala
y tribunal supremo que me
enjuicia.
Como lo eliges, quiero lo que
ordenas:
actos, silencios, sitios y
personas.
Tu voluntad escoge entre mis
penas.
Y, sin leyes, sin frases, sin
cadenas,
eres tú quien, si caigo, me
perdonas,
si me traiciono tú quien te
condenas…
Y tú quien, si te olvido, me
abandonas.
IV
Aunque si nada en mi interior
te alterar,
todo – fuera de mí – te
transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno
espera,
vas más de prisa que mi
desventura.
Del árbol que cubrió tu
sepultura
quisiera ser raíz, para que
fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y
segura.
Pero en la soledad que nos
circunda
ella te ensalza, te defiende,
te ama,
mientras que yo tan sólo te
recuerdo.
Y, al comparar su terquedad
fecunda
como la impaciencia en que mi
amor te llama,
siento por vez primera que te
pierdo.
V
Porque no es la muerte orilla
clara,
margen visible de invisible
río;
lo que en estos momentos nos
separa
es otro litoral, aún más
sombrío.
Litoral de la vida, Tierra
avara
en cuyo negro polvo, ávido y
frío,
del naufragio que en ti me
desampara
inútilmente busco un resto mío.
Es tu presencia en mí la que me
impide
recuperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando
latía.
Por eso la existencia nos
divide
tanto más cuanto más en mi alma
sube
la vida en que tu muerte se
confía.
VI
Sí, cuanto más te imito, más
advierto
que soy la tenue sombra
proyectada
por un cuerpo en que está mi
ser más muerto
que el tuyo en la ficción que
lo anonada.
Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco
habitada
a esa luz ulterior a la que he
abierto
otra ventana en mí, sobre otra
nada…
Con gestos, con palabras, con
acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo,
deshacerte.
Pues para la verdad que me
propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la
muerte.
VII
Y sin embargo, entre la noche
inmensa
con que me ciñe el luto en que
te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se
condensa.
No es el olvido. Es una paz más
tensa,
una fe de acertar en lo que
ignoro;
algo – tal vez – como una voz
que piensa
y que se aísla en la unidad de
un coro.
Y esa voz es mi voz. No la que
oíste,
Viva, cuando te hablé, ni la
que el fino
Metal del eco ajustará en su
engaste,
sino la voz de un ser que aún
no existe
y al que habré de llegar por el
camino
que con morir tan sólo me
enseñaste.
VIII
Voz interior, palabra
presentida
que, con promesas tácitas,
resume
– como en la gota última, el
perfume –
en su paciente formación, la
vida.
Voz en ajenos labios no
aprendida
– ¡ni siquiera en los tuyos! –;
voz que asume
la realidad del alba
estremecida
que alcanzaré cuando de ti me
exhume.
Voz de perdón, en la que al fin
despunta
esa bondad que me entregaste
entera
y que yo, a trechos, voy
reconquistando;
voz que afirma tan bien lo que
pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni
cuándo…
IX
¿Ni cuándo?... Sí, lo sé.
Cuando recoja
de la ceniza que en tu hogar
remuevo
esa indulgencia inmune a la
congoja
que, al fuego del dolor, pongo
y atrevo.
Cuando, de la materia que me
aloja
y cuyo fardo en las tinieblas
llevo,
como del fruto que la edad
despoja,
anuncie la semilla el fruto
nuevo;
cuando de ver y de sentir
cansado
vuelva hacia mí los ojos y el
sentido
y en mí me encuentre gracias a
tu ausencia,
entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré
debido
– en una muerte pura – la
existencia.
AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ
DE LA MUERTE
de Francisco de Quevedo
Cerrar
podrá mis ojos la postrera
sombra
que me llevare el blanco día,
y
podrá desatar esta alma mía
hora,
a su afán ansioso lisonjera;
mas
no de la otra parte en la ribera
dejará
la memoria, en donde ardía:
nadar
sabe mi llama el agua fría,
y
perder el respeto a ley severa.
Alma,
a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas,
que humor a tanto fuego han dado,
médulas,
que han gloriosamente ardido,
su
cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán
ceniza, mas tendrá sentido;
polvo
serán, mas polvo enamorado.
EL ALMA EN LOS LABIOS
de Medardo Ángel Silva
Cuando
de nuestro amor la llama apasionada
dentro
de tu pecho amante contemples extinguida,
ya
que sólo por ti la vida me es amada,
el
día en que me faltes me arrancaré la vida.
Porque
mi pensamiento, lleno de este cariño
que
en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo,
lejos
de tus pupilas es triste como un niño
que
se duerme soñando con su acento de arrullo.
Para
envolverte en besos quisiera ser el viento
y
quisiera ser todo lo que tu mano toca;
ser
tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento,
para
poder estar más cerca de tu boca.
Vivo
de tu palabra y eternamente espero
llamarte
mía, como quien espera un tesoro.
Lejos
de ti comprendo lo mucho que te quiero
y,
besando tus cartas, ingenuamente lloro.
Perdona
que no tenga palabras con que pueda
decirte
la inefable pasión que me devora:
¡para
expresar mi amor solamente me queda
rasgarme
el pecho, Amada, y en tu mano de seda
dejar
mi palpitante corazón que te adora!
MIRADA RETROSPECTIVA
de Guillermo Blest Gana
Al
llegar a la página postrera
de
la tragicomedia de mi vida,
vuelvo
la vista al punto de partida
con
el dolor de quien ya nada espera.
¡Cuánta
noble ambición que fue quimera!
¡Cuánta
bella ilusión desvanecida!
¡Sembrada
está la senda recorrida
con
las flores de aquella primavera!
Pero
en esta hora lúgubre, sombría,
se
severa verdad y desencanto,
de
supremo dolor y de agonía,
es
mi mayor pesar, en mi quebranto,
no
haber amado más, yo que creía,
¡yo
que pensaba haber amado tanto!
SELECCIÓN DE PEQUEÑOS POEMAS
de
Rosalía de Castro
(Fragmento)
Son
los corazones de algunas criaturas
como
los caminos muy transitados,
donde
las pisadas de los que ahora llegan,
borran
las pisadas de los que pasaron:
no
será posible que dejéis en ellos,
de
vuestro cariño, recuerdo ni rastro.
SONETO
de Francisco de Figueroa
Déjame en paz, amor; ya te di
el fruto
de mis más verdes y floridos
años,
y mis ojos, proclives a tus
daños,
pagaron bien tu desigual
tributo.
No quiero ahora yo con rostro
enjuto
sano y libre cantar mis
desengaños,
ni por alegres y agradables
paños
cambiar tu triste y lastimero
luto:
en llanto y en dolor preso y
cargado
de tus viejas cadenas, la
jornada
quiero acabar de mi cansada
vida.
Mas no me des, amor, nuevo
cuidado,
ni pienses que podrá una nueva
herida
romper la fe que nunca fue
doblada.
SONETILLO
EL POETA RECUERDA
de Francisco Villaespesa
Sus
frases nunca me hirieron
y
siempre me consolaron…
¡Heridas
que otras me abrieron,
sus
propias manos cerraron!
Aun
cuando penaba tanto,
tan
buena conmigo era,
que
hasta me ocultaba el llanto
para
que yo no sufriera.
Con
su infinita ternura,
mi
más intensa amargura
supo
siempre consolar…
¡Y
qué buena no sería,
que
al morirse sonreía
para
no verme llorar!
RESUELTA EN POLVO YA, Y SIEMPRE
HERMOSA…
de Lope de Vega
Resuelta en polvo ya, y siempre
hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria
y pena,
y me hace guerra cuando en paz
reposa.
Permítame callar sólo un
momento,
pues ya no tienen lagrimas mis
ojos,
ni conceptos de amor mi
pensamiento.
RESUCITARÁN
12
de Manuel Gutiérrez Nájera
Los pájaros que en sus nidos
mueren, ¿a dónde van?
¿Y n qué lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?
(…)
En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro…
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!
(…)
¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.
¿CONOCE ALGUIEN EL AMOR?
de Francisco Villaespesa
¿Conoce alguien el amor?
¡El amor es un sueño sin fin!
Es como un lánguido sopor
entre las flores de un jardín…
¿Conoce alguien el amor?
Es un anhelo misterioso
que al labio hace suspirar,
torna al cobarde en valeroso
y al más valiente hace temblar;
es un perfume embriagador
que deja pálida la faz;
es la palmera de la paz
en los desiertos del dolor…
¿Conoce alguien el amor?
Es una senda florecida,
es un licor que hace olvidar
todas las glorias de la vida,
menos la gloria del amar…
Es paz en medio de la guerra.
Fundirse en uno siendo dos…
¡La única dicha que en la
tierra
a los creyentes les da Dios!
Quedarse inmóvil y cerrar
los ojos para mejor ver;
y bajo un beso adormecer…
y bajo un beso despertar…
Es un fulgor que hace cegar.
¡Es como un huerto todo en flor
que nos convida a reposar!
¿Conoce alguien el amor?
¡Todos conocen el amor!
El amor es como un jardín
envenenado de dolor…,
donde el dolor no tiene fin.
¡Todos conocen el amor!
Es como un áspid venenoso
que siempre sabe emponzoñar
al noble pecho generoso
donde le quieran alentar.
Al más leal traidor,
es la ceguera del abismo
y la ilusión del espejismo…
en los desiertos del dolor.
¡Todos conocen el amor!
¡Es laberinto sin salida
es una ola de pesar
que nos arroja de la vida
como los náufragos del mar!
Provocación de toda guerra…
sufrir en uno las de dos...
¡La mayor pena que en la tierra
a los creyentes les da Dios!
Es un perpetuo agonizar,
un alarido, un estertor,
que hace al más santo
blasfemar…
¡Todos conocen el amor!
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